Pongámonos en situación: 4:00 de la madrugada en una esquina de una discoteca cualquiera de Madrid (para ser sinceros no recuerdo cuál era exactamente), un grupo de indeseables personas: El Flufo intentado hablar con unas, el Sebas todo vanidoso con su cazadora nueva, algunos habían ido al baño, otros tantos atentos a la música, en fin, todo el ambiente de una noche de Sabado.

Mi amigo Sebas iba tan sumamente puesto, tan extremadamente colocado que rebuscando en su cazadora nueva encontró los típicos botones de repuesto en su bolsita hermética. No sólo es tonto sino que, como he dicho antes, llevaba un cebollazo encima que no podía con él, así que pensando que esos botones eran otras de sus pastillas se las comió alegremente.

Aún hoy sigue empeñado que quiere volver a pillar esas extrañas pastillas marrones porque según el son la hostia y colocan más que ninguna.

Reflexión de hoy: "¿Porque los de Mayoral me siguen mandando mensualmente su catálogo? ¿¿No se han planteado nunca que los niños al cabo de los años crecen??"